Los peces de la amargura, plaza de Okendo

Libros

ketari

«En marcha», dijo. Se movía por las calles de San Sebastián con el instinto seguro de quien las conoce de memoria; yo, detrás, daba saltitos para no rezagarme. Hicimos el recorrido hasta el Victoria Eugenia en bastante menos tiempo que tú y yo el sábado anterior. «¿No vamos a la entrada principal?», le pregunté. «¿Para qué? A mi padre lo mataron en la parte de atrás.» Nos desviamos hacia una plaza en cuyo centro se alza un pedestal coronado por una estatua negra. Nada más pasar de largo el monumento, como a diez metros de la carretera que bordea el río, Santi se detuvo. «Aquí.» A un lado estaba el famoso hotel María Cristina; al otro, con las persianas bajadas, un café restaurante que hace esquina en la trasera del Teatro Victoria Eugenia. De acuerdo con tus intrucciones, le cogí las manos. Se las noté húmedas y frías. Antes que hubiese pronunciado una palabra, le di un beso largo en la boca. «Te escucho, corazón.» Miró unos instantes el suelo a su alrededor, como si buscara un objeto extraviado, y al fin, sin mover un músculo de la cara, empezó a contar más o menos de este modo: «Faltaría cosa de veinte minutos para el comienzo de la película. Ya habíamos sacado las entradas. Y es que vivíamos en las afueras y siempre era un lío encontrar aparcamiento. Cuando íbamos al cine, salíamos de casa con bastante adelanto para no tener después que apresurarnos. A mí, como tantas otras veces, me entró capricho de beber horchata. Yo es que sin mi horchata no iba a ninguna parte. Por esa razón veníamos los dos andando de aquel puente, pues al otro lado del río había, ahora no lo sé, una tienda de helados donde servían horchata. Te la sacaban con un cazo de unos cántaros de metal. Me gustaba mucho. Blanca, fresca, dulce: una delicia que desde entonces no he vuelto a probar. Mi padre no me negaba nada, conque allá fuimos. A la vuelta vi que de un jardín que hay detrás de este hotel salieron dos individuos. En esos momentos, un niño de nueve años ¿qué va a pensar? Imagino que los asesinos tendrían el portal de nuestra vivienda vigilado. Ellos o sus cómplices. Apenas hora y media antes habíamos decidido ir al cine. Y el caso es que mi madre estuvo a punto de acompañarnos. Imagínate, me podía haber quedado huérfano del todo». Hablaba con entereza, con voz firme aunque apagada. Yo, mientras tanto, no paraba de acariciarle las manos conforme lo había practicado contigo durante la semana. Tampoco olvidé confirmarle de vez en cuando por medio de monosílabos que lo escuchaba con atención. «Mi padre no se percató de que nos seguían. Me estaba explicando algo sobre los peces del río y sobre una caña de pescar que le habían regalado de joven. Cruzamos la carretera, y al llegar a este lugar un ruido a la espalda golpeó mi atención. No te sabría decir si fue un carraspeo, una tos o una palabrota. Lo único que sé de cierto es que me volví. Uno de los dos individuos nos había dado alcance. Tenía una pistola en la mano. A mi padre le faltó tiempo para volverse. Ya con el primer disparo se desplomó.» En aquel momento vi que a Santi se le empañaban los ojos. Una lágrima resbaló por el costado de su nariz, dejando a su paso un reguero brillante. Ni siquiera entonces se le quebró la voz. «¿Qué hiciste mientras tu padre recibía los disparos?» Al preguntárselo me mordí el labio para no dejarme arrastrar por la emoción. «Puf, ver a mi padre caído fue un golpe duro para mí. Cuando, además, me di cuenta de que echaba sangre ya no lo pude aguantar y clavé la mirada ahí enfrente, en la pared del Victoria Eugenia. Esperaba que el tipo de la pistola se marchase para que mi padre se pudiera levantar. Fíjate lo que son las cosas, me preocupaba que nos perdiéramos el comienzo de la película.» Enfrascado en el recuerdo, Santi había repetido de manera maquinal el gesto de aquel lejano día; yo lo imité. Entonces los descubrí. Eran cinco relieves con forma de círculo que componían una moldura en lo alto de la fachada. Los círculos se alineaban en sentido horizontal entre dos impostas, la inferior más saliente, y estaban separados unos de otros por pequeñas columnas embebidas. De este modo, cada uno resaltaba dentro de un cuadrado. «Santi, allá arriba tienes el modelo de tus dibujos.» No lo veía aunque miraba en la dirección adecuada. «¿Dónde?» No hubo más remedio que señalárselo con el dedo. «¡Anda, pues es verdad! Ahora me acuerdo. No aparté los ojos de aquel detalle hasta que vino un señor a sacarme en brazos de la plaza.»

eta hotel maria cristina los peces de la amargura okendo plaza victoria eugenia