Fuegos con limón, colegio Santa Rita

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Las pistas eran: colegio de los padres Agustinos, la pared trasera tenía orientación oeste ("alrededor de las cinco y media de la tarde. El sol daba de lleno en la pared trasera del edificio"), un patio desde el que se accedía al edificio, estaba situado a una "no breve caminata" desde Illarra-Berri, unos pilares sostenían el viejo edificio con un edificio nuevo adosado, ...

Pensábamos que era la actual ikastola Ibai, situada encima de Illarra-Berri, pero no cuandraban algunas cosas, al final es el propio autor el que nos resuelve el misterio, es el antiguo Colegio Santa Rita de los Agustinos Recoletos que estaba situado frente al edificio del Seminario, hoy ya no existe ni el colegio ni el edificio.

Una vez fuera de casa, no sé si por instinto, o por alguna razón psicológica inextricable, o porque sí, en lugar de seguir el camino obligado, tomé un sendero de piedras en la dirección contraria, conocido por mí de cuando era niño y a diario lo recorría dos veces en cada sentido. Andando por él monte arriba, llegué al término de no breve caminata hasta la puerta de mi antiguo colegio, donde años atrás había cursado una parte del bachillerato, que posteriormente proseguí en otro centro. Serían alrededor de las cinco y media de la tarde. El sol daba de lleno en la pared trasera del edificio. Desde algún aula de los pisos superiores llegaba hasta la calle desierta algarabía de colegiales. No encontré la cancela cerrada; pero preferí escalar furtivamente la tapia, como en los días de colegial. Solía acortar así el trayecto hasta el patio, al paso que evitaba encuentros fortuitos, por lo común enojosos, con los frailes. La tapia, enjalbegada sin duda recientemente, parecía como nueva, franca de aquella lobreguez verdinosa y conventual de cuando yo era alumno del colegio, en las postrimerías de la dictadura.

Una relación, que sin exageraciones podría calificarse de sentimental, me había unido durante varios años a la tapia de aquel colegio regentado por agustinos. A ella le confiaba mis secretos, con ella compartía mis cuitas y satisfacciones. No tengo por qué morderme la lengua: esa tapia de cemento fue la persona a la que más he querido en la vida. Mi madre, asidua desde antiguo de la capilla del convento, no dudó en inscribirme en la nueva escuela tan pronto como le informaron que los clérigos habían obtenido licencia para impartir clases a alumnos externos. Acababa la década de los sesenta. Un puñado de niños, de familias humildes unos, acogidos otros a un hospicio próximo, se congregaba cada día en los austeros aposentos habilitados de la noche a la mañana para aulas. Durante mucho tiempo el crucifijo fue el único adorno de las paredes.

...

Años después, un viernes luctuoso, siendo mayor de edad volví al colegio y lo hallé desconocido, con un edificio nuevo adosado a la primitiva casa profesa y la tapia enlucida de forma que no parecía sino que la acababan de construir. Su blancura bajo el sol intenso de mediatarde era tal que no la resistía la mirada. El revoque había borrado todo vestigio de grietas y agujeros. En la calle desierta me dio la impresión de que no nos reconocimos. Tan sólo algunas lagartijas medrosas me recordaron vagamente el pasado. Me encaramé sin dificultades a lo alto, y sentándome a horcajadas, quise pero no pude sentirme niño. Se dijera que la tapia había encogido de caballo a burro. Le hablé y no me contestó. Temí a este punto que desde alguna de las numerosas ventanas de los alrededores alguien me tomase por malhechor: a partir de cierta edad la gente honrada ya no salta muros. Me descolgué hacia el otro lado con el convencimiento de que aquella tapia estaba muerta.

Al arrimo de los pilares que sostienen el viejo edificio crucé después el patio, deprisa pero sin correr, por no levantar sospechas, aunque no se veía a nadie en las inmediaciones. Una capa de asfalto recubría la antigua explanada polvorienta. Percibí otras novedades, o acaso no más que una impresión fugitiva de novedad, y eché en falta árboles y setos. Con todo, una mirada rápida al gancho de la trepa, en la pared lateral del frontón, me devolvió la certidumbre, perdida momentáneamente, de no ir descaminado.

Autor: Fernando Arámburu

 

Las fotos están sacadas del facebook de los antiguos alumnos.

Editorial: Tusquets (1996)

ISBN: 978-84-7223-795-7

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