Cacereño, plaza de la Constitución

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La plaza de la Constitución, hoy plaza del 18 de julio, aunque todo el mundo la conoce por el nombre primitivo, está tan repleta de público como un vagón de metro en hora punta. No pudieron atravesar el primer arco con el que se encontraron. La asistencia es multitudinaria, los koxkeros, genuinos habitantes de la Parte Vieja, se tienen que infiltrar entre gentes de todas las provincias. La plaza es rectangular, pequeña, porticada según módulos sobrios, con balcones rectos, iguales y por alguna razón no muy clara numerados. Las fachadas son de arenisca oscura y erosionada por los agentes atmosféricos. Uno de los lados es el Ayuntamiento, el primer piso tiene un balcón grande, corrido, baranda de hierro y escudo labrado en la piedra de la fachada. Es una plaza recoleta y agradable, en ella se celebraban los Festivales de España hasta que protestaron los vecinos.

En el balcón corrido se agolpan las autoridades, también les falta sitio. La única zona relativamente espaciosa es el tingladillo en el que se instala en semicírculo la fanfarre de Gaztelubide, una orquesta a base de cocineros y soldados. Los cocineros, con mandilón y gorro a la medida, tocan los barriles. Los soldados, casaca y correaje del siglo XIX que se pasa de padre a hijo porque cuesta su dinero, el pantalón blanco es uno de verano, tocan los tambores. Están preparados. Van a dar.

Las doce.

Todo el bullicio se transforma en un silencio impresionante, son unos segundos, redoblan los tambores y se izan majestuosas las banderas de España y San Sebastián, blanca con un rectángulo azul en el ángulo superior izquierdo.

El público es un orfeón, acompaña con voz emocionada que no desentona. La compenetración es tan perfecta que se podría grabar en directo la Marcha de San Sebastián:

 

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