Cacereño, Golf de Lasarte

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Corrió la voz por todo el green y el bar del Club de Golf se puso hasta los topes. Aguirregomezcorta, de familia bien y mejor vividor, había logrado el primer hoyo en uno de la temporada. De un elegante bastonazo había metido, a más de cien metros, la bola en el agujero.

Una casualidad matemática. Está comprobado estadísticamente que esta casualidad se produce cada millón trescientos cincuenta y cuatro golpes.

Allí estaba, en medio de una generación de potentados deportistas, explicando cómo lo había hecho. Puso tanto ardor en un movimiento dudoso de la cadera que se le cayó el champán de la copa. Coro de risas y nuevos taponazos.

El secretario del Club escribió a la Oficina de Relaciones Públicas de la Dunlop, en Inglaterra, certificando el certero palo. La casa regala un juego de pelotas a todos los realizadores de un hoyo en uno de cualquier país occidental.

Los jóvenes, con tan fausto motivo, organizaron un guateque homenaje. Del jaleo se debieron enterar hasta en la fábrica de neumáticos que, como un gigante, extiende sus brazos, nave tras nave, cercando el golf contra la montaña.

 

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