Algo que nunca debió pasar, Desembocadura del Urumea

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ketari

Ya no había cielo y las nubes negras descargarían agua con violencia en unos segundos? Era ese momento en que el preludio del temporal se anuncia con unas pocas gotas y furia oculta, todavía contenida. Ese instante cuando se hace la noche en pleno día y el cielo y el mar se confunden en el mismo color plomo (color panza de burro, decía su mujer). Eso no lo conocía antes de llegar allí, a esa tierra tan generosa y tan cruel. Solía acudir los días de temporal para contemplar el espectáculo del Urumea casi desbordado, dejando en el Paseo Nuevo lo que había encontrado a su paso y lo que los colectores habían vertido en su cauce tiñéndolo de marrón. Absorto, inmóvil, intimidado por el fragor de las olas y la fuerza del viento, incapaz de reaccionar, hipnotizado como un niño delante de una hoguera. Esos días hacía lo posible por escaparse al Paseo Nuevo para ver las olas romper contra el malecón que se desgastaba año a año con los embates del cantábrico.

Las gaviotas preludiando la tormenta con sus chillidos, suspendidas sobre un mar que se agita desordenado e implacable y amenaza con engullir el puente del Kursaal y seguir avanzando ciudad adentro. Grandioso. También terrible, amenazante y salvaje, como la vida en aquel lugar, pensó Ramírez.

 

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