Algo que nunca debió pasar, Amara

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Era curioso, pensó Ramírez, que una ciudad que -según le habían contado y él mismo televisión— tanto había cambiado, fueran a estra parados en uno de los pocos lugares donde todo tenía un aspecto igual al de hace veinte años. Así lo veía él a través del parabrisas del coche del rubio, aparcado delante de la iglesia de la Sagrada Familia donde tantos funerales de compañeros habían tenido lugar. A su derecha tenía el Instituto Peñaflorida adonde entraron a repartir hacia comienzos de los ochenta y los chavales huían, saltando por las ventanas o descolgándose por las tuberías. Vete hoy a actuar así a ver qué te pasa, se dijo Ramírez. Más al fondo, el Gobierno Civil con su parquecito de árboles centenarios. Idéntico. Cruzando la plaza se había fijado que el Astoria ya no existía. Están haciendo un hotel, hacen mucha falta en esta ciudad, le explicó Gutiérrez. Ramírez vio allá la última película que pasaron antes de convertirlo en multicines. Sería el año 1987, calculó. Los intocables de Eliot Ness, en aquella pantalla inmensa del Astoria le pareció una maravilla de principio a fin. Una historia de
buenos y malos que después había visto en deuvedé en la pantalla de la tele y no era lo mismo.

El lugar explicaba una parte de su propia vida y también de la historia reciente de la ciudad. Había sido uno de sus puntos de entrada y salida más utilizado y, durante mucho tiempo, fue la principal vía de crecimiento hacia la colina de Hospitales.

Se le ocurrió que aquél también era el escenario idóneo para una película que gracias a un flash back se remontara a cualquier otra tarde de comienzos de los años ochenta. Ellos dos en el 1430 verde, fumando, a punto de arrancar, girar por la Plaza de Pío XII, coger la variante y, enseguida, la A8 o la N1. Un fundido, quizás una frase abajo donde dijera “veintiocho años más tarde”, y, de nuevo, Ramírez y Gutiérrez más viejos y en un coche mejor.

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